http://brujabuhardilla.blogspot.com.es/2010/11/tu-sexo-es-mi-perfume.html


Es un libro de… chicas y para chicas, sí, para una raza de chicas que nacimos en los años sesenta. Es un libro para las mujeres que hemos vivido a caballo entre dos épocas distintas, chicas que recibimos una educación que luego tuvimos que desaprender, porque no nos prepararon en absoluto para lo que nos esperaba.

Crecer no es fácil, buscarse un lugar bajo el sol tampoco. Todavía es menos sencillo si se es mujer. Ni lo fue antes ni lo es demasiado ahora, por más que hayan cambiado algunas cosas.

La historia que narra Anna Llauradó es un pequeño homenaje a un tipo de mujeres que conozco bien. Es un homenaje a la valentía. Es un homenaje a la sensualidad, por encima de lo estrictamente sexual. Es un homenaje a la vida. Pero, por encima de todo es un homenaje al amor.

Una mujer, cuyo nombre no se nos revela en la novela, describe su vida al tiempo que, desde sus recuerdos, nos explica la historia de su tía, Irene, con quien siempre ha sentido una gran afinidad. 

La protagonista comienza hablando de sus sentimientos y del parón enorme que tuvo que dar a su vida cuando su ritmo frenético la llevó a los ataques de pánico. Un pozo del que saldría poco a poco, victoriosa y algo más sabia.

Pero, tras el velo de su propia historia, contada en primera persona, nos va presentando a través de sus recuerdos a los fantasmas de su infancia que la acabarían llevando a la ansiedad. Unos fantasmas que corren a la par de la intensa relación que su tía, Irene, mantuvo con Roberto, un hombre italiano de origen japonés.

La historia de Irene es una historia de amor, claro, pero en tránsito hacia su autodescubrimiento, hacia el descubrimiento del otro. De la mano de Roberto Irene entraría en los laberintos de la sensualidad, del perfume hecho sensación y del deseo con el amante casi perfecto.

No se atrevió a plantar cara a un modo de vida y una sociedad cerrada, y terminó casándose con “el hombre adecuado” según los cánones sociales. 

Renunció a sí misma o lo que es lo mismo: renunció a la posibilidad de ser feliz. Durmió sus sentidos, simuló olvidar los perfumes y vivió aletargada.

Hasta que un día… despertó de nuevo al mundo y a la posibilidad, de vivir, de vivirlo, al mundo y a la propia vida.

… aunque la lucha entre el deseo y el miedo ha sido una tónica habitual en mi vida. Y en la de tía Inés también.
Todo eso son tonterías, dirían en casa. Pero, en estos momentos, enfrentarme a la posibilidad de la tontería y no temerla ya es un buen comienzo. Atreverme es el verbo: frente al temor, el deseo y el atrevimiento.



A través de Irene y su sobrina me vi inmersa en un viaje de dentro hacia fuera. Un viaje de los olores a la consciencia del momento pasado, del momento presente. 

Dicen que el olfato es uno de los sentidos que tenemos más conectados con el resto de animales no humanos. Un sentido que tiene un fuerte poder de evocación, de memoria. ¿Quién no ha recordado, a través de un olor, un sentimiento, un momento, una historia? Mis propios recuerdos de niña tienen un fuerte poder olfativo: el olor a croissant recién hecho en la pastelería cercana al colegio, cada tarde. El olor a la colonia de limón que impregnaba mis primeras clases, que me conducían a las primeras palabras escritas, aprendidas con aquella maestra franquista… Olor a árbol de Navidad, cada diciembre, olor de naranjas mezclados con frío, olor a salitre durante los veranos, mezclado con el perfume de la leche merengada, olor a jazmines, en un pueblo perdido de Almería… 

Esta narración tiene un potente compomente olfativo. Cada olor trae un recuerdo, evoca un suceso, una idea. La delicia del perfume crea la atmósfera adecuada en cada momento del relato, como lo crea en cada momento de nuestras vidas.

Pero regreso a la historia que Anna entreteje… 

La de Irene y Roberto es una historia de amor. Con mayúsculas, teñida de perfumes, de poesía, de una sensualidad inocente y perversa al mismo tiempo. Roberto tiene ascendencia japonesa, ella, sin embargo es totalmente latina, intuyo que Mediterránea, por su manera de vivir, de sufrir y de negarse a sí misma. Roberto le mostrará, al modo italiano y japonés (que no chino) lo que es la paciencia, le hablará del valor del momento presente. Se entregarán el uno al otro, de verdad, hasta el fondo de sí mismos.

Conocer a Roberto fue entrar en la casa del té.
-Cuando quieras correr, párate- le dijo él, horas después de conocerse.



En el mundo de prisas y velocidades que conocemos todos, esa frase es un choque brutal con otra realidad que hemos ido enterrando todos bajo responsabilidades, deberes, porcentajes y objetivos. ¿Dónde se nos queda el tiempo para vivir? ¿Dónde arrinconamos el tiempo para la contemplación de lo que se mueve? ¿Dónde, en qué punto del camino dejamos de lado al amor? Hemos dejado todo lo importante a un lado, y vamos de cabeza hacia la locura. 

Días después Roberto le explicaría a Inés que en la ceremonia del té, el secreto se desvela si estás. Presente.
Coges la taza…
La miras…
La sientes…
Te enteras realmente de cómo es…
La conoces.
Sí, conoces la taza.
Vas a beber de ella… Así que te relacionas con ella…
Y, de repente, una sencilla taza de té se transforma.
“Te” transforma.
Existes.
Ni un segundo de tu existencia se malgasta.



Se trata de llevar la existencia a la máxima expresión. Todo un reto que, a veces, milagrosamente, logran dos almas a la vez. No es fácil. No es probable. Pero tampoco es imposible.

Roberto le muestra, queriendo y sin querer, la dimensión desconocida del verbo y del deseo. No es algo voluntario. Un lazo muy fuerte, inexplicable, se crea entre ellos nada más conocerse. Irene, sin demasiada experiencia, tiene una revelación potentísima que a duras penas es capaz de explicarse:

… y a ella le gustaba tanto la poesía… Además, necesitaba palabras. No sólo para escribir versos, sino para romper el silencio con Roberto: le daba miedo. En realidad, temía al deseo que había empezado a manifestarse, desnudo, directo, cuando no había palabras entre ellos. Así que empezó a preguntar, a interesarse, con una cierta sinceridad, pero, sobre todo, con urgente necesidad.



“La verdad no tiene más que un camino”. Es una frase hecha que todos hemos escuchado hasta la hartarnos. La verdad es que no hay una sola verdad, hay muchas, como caminos se abren ante la tierra que pisamos. El camino está plagado de trampas, de espejismos, de fantasmas y caminos traicioneros. El miedo nos puede en ocasiones, arriesgarse por senderos poco transitados es peligroso. Por eso muchos nos equivocamos, elegimos el que parece más seguro, que no es necesariamente el mejor.

Inés tuvo miedo y no se atrevió. Roberto puso ante sus pies la prueba de su error, envuelta en un arrebatador instante…

Él se arrodilló entonces ante la mujer que iba a perder para siempre, levantó suavemente su vestido, deslizó sus medias hasta sus tobillos, desnudó luego su sexo y, con absoluta desesperación, hundió sus labios en aquella flor cuyo aroma quedaría eternamente guardado en su memoria. Aquel fue el beso más devastador que Inés llegaría a conocer jamás y, por él, estuvo a punto de dejarlo todo y… Perdió la noción de sí misma, como la primera vez, en la playa, y la reencontró en brazos de Roberto que, en el último instante, volvió a mirarla, una vez más, la última ya, con aquel destello oriental, esperando a que ella se atreviera… Pero Inés no pudo y él la abrazó con todo su ser para confesarle, para susurrarle, para inmortalizar en ella el deseo y la voz de su alma diciéndole:
-Tu sexo será mi perfume. Siempre. Aunque nunca nos volvamos a ver…



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¿He desvelado el final de la historia? Ni por asomo. Hay que leerla toda, que se deja, por su sintaxis sencilla y sin complicaciones. Anna sabe transmitir sin demasiado adorno lo que nos cuenta. Sabe dar el tono justo a la palabra adecuada. A lo largo del libro se suceden recuerdos, aromas cotidianos que todos conocemos y que, seguro, nos evocan recuerdos propios; hay mucha ternura y algunas pinceldas de ironía en el relato. El gusto por la poesía, los juegos de haikus, el valor eterno del instante presente se combinan con una historia amena de final sorprendente, o no porque… ¿hasta cuándo no nos atreveremos a ser nosotras mismas? ¿permaneceremos siempre encarceladas en la prisión de lo conveniente o abriremos las ventanas, dejaremos que entre el aire fresco y viviremos de una vez la vida que queremos? 

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