Un día, no sabes bien cómo, algo cambia. Internamente. O si sabes “cómo”… Hace poco leí que una gota de agua puede perforar la piedra no por su fuerza, sino por su constancia. Así debe de ser el trabajo de la conciencia, imagino. Tú te pones, cada día, un poco, o mucho, dependiendo del tiempo que tengas. Meditas, estás en silencio, en estado de crisálida, recogido contigo mismo… Y así algo, interno, se va produciendo. A simple vista no se ve. Tampoco es que tú te des demasiada cuenta pero un día, algo cambia… y entonces te descubres de un modo diferente. Algo es diferente. La mirada, la presencia, el “estar” y una sensación nueva: cuando haces, haces. No haces pensando que… ni esperando que… ni presuponiendo que… Simplemente, haces.

Escribes. Pues escribes. Estás en lo que escribes. Sólo escribes. Cocinas. Pues cocinas. Sólo estás en picar una cebolla, batir un huevo, cortar una lechuga. Sólo cocinas. La presencia está en ese momento. Como un niño centrado y entregado. No hay más. Ni menos. No hay una mente, ni un ego que activen el coro de teleñecos que te van diciendo: “Y hazlo bien… Pero, ¿para qué lo vas hacer? Tiene que ser perfecto…” Sin ese coro, una música sin voces se instala. Y trae silencio. Sosiego. No hay prisa. No hay exigencia. Ni presión. Ni cargas. Ajenas. La mayoría son cargas ajenas. Adquiridas. Educación y sistema te programan. Y tú, siendo niño, te dejas programar. Entonces empiezas a perder tu originalidad. Tu origen (tu esencia) y tu manera singular, personal, única de ser. Programado con el coro de teleñecos ya incorporado dejas de ser para empezar a hacer siempre con el condicionamiento. Externo, y también interno.

A partir de ahí empiezas a buscar, consciente o inconscientemente, algo… No sabes bien qué. ¿La felicidad? ¿La libertad? Buscas y vas detrás de la zanahoria del sistema. Éxito, poder, dinero, reconocimiento… Buscas y haces para conseguir la zanahoria que va por delante de ti, siempre por delante y tú corres tras ella. Hasta que un día empiezas a preguntarte si realmente merece la pena seguir corriendo. Es más, si esa zanahoria que persigues te interesa. Entonces la carrera puede ralentizarse. Incluso puedes llegar a pararte. La vida puede llegar a hacerlo. Pero, si no corro, si no me muevo, si no hago, ¿qué va a ser de mi vida?

Existir. Respirar. Sentir. Percibir… No hacer no significa que no se haga. “Wu wei” lo llaman los taoístas. El arte de hacer sin hacer. Ya nos vas detrás de nada. Tampoco por delante. Estás. Y haces. Sencillamente.

 

 

 

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