¿Qué nos está pasando? A los hombres, a las mujeres, a la humanidad en general… Sólo hay que mirar unos minutos las noticias o echar un vistazo a Facebook para electrificarte por dentro como si acabaras de quedarte atrapado en una valla de alto voltaje. Corrupción a manta, sexualidad mal entendida y peor vivida, programas denigrantes, violencia por todas partes… ¿Dónde está lo humano del ser humano? Entre todo el enjambre de barbaridades, de vez en cuando, como una flor en el desierto, surge algún ser que explica algo positivo, bueno, sensible o alguna película que te emociona o una breve noticia que pasa casi desapercibida pero, por lo general, estamos contaminados por la barbaridad.

Hace tiempo, cuando ejercía de periodista en un rotativo barcelonés, le pregunté al director porqué no existían periódicos de buenas noticias.

– Porque no se vendería. -fue su respuesta.

Deambulamos por la miseria y, encima, hacemos propaganda de ella. Si aquello en lo que enfocamos la energía crece, no es de extrañar que sigamos bañándonos en mares de porquería. Pero, ¿hasta cuándo?

Venden más el sexo, la pornografía y Play Boy que el Amor; es más noticia la corrupción que la honestidad y los buenos gestos; atraen más audiencia los programas basura que la cultura…

Estoy convencida de que si, desde niños, educáramos al ser humano desde una perspectiva distinta el mundo cambiaría.

Educa a un niño para que aprenda a compartir, para que aprenda a respetarse, quererse, valorarse, conocerse y desde ese legado de auténtica y profunda autoestima, logre ser amable, respetuoso y respetable, honesto, valiente, creativo y, sobretodo, libre. Porque la competitividad, la ambición, las ansias enfermizas de poder y dominación que engendra esta sociedad sólo dan individuos que jamás serán felices si antes que estar bien consigo mismos lo que les importa es escalar por encima de los demás.

Un niño necesita amor y confianza para crecer y descubrir la fuerza que de verdad anida en él.

Un ser que llega a descubrir su fuerza interna verdadera será libre y feliz. Sólo entonces llegaremos a tener una sociedad formada por seres libres y felices que no tendrán miedo a mostrarse como son, a desarrollar sus capacidades, a decir lo que sienten con respeto y a crear para su propia felicidad.

Decía el escultor Rodin que “el mundo sólo será feliz cuando cada ser disfrute con la labor de su creación.”

Pocos seres disfrutan creando entre otras cosas porque a los niños, desde su más tierna infancia, les abortamos su creatividad, su espontaneidad y su verdadera identidad.

En la Opera House de  Londres hacen corazones con zapatillas de bailarinas…

Amor al arte… Amar el arte… Amar como creadores de nuestras propias vidas.

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