“La escuela del miedo”. Este va a ser el título del cortometraje que voy a dirigir en breve. Se centra en el viejo, decadente, sistema educativo que ha enseñado a generaciones y generaciones a competir para ser los primeros y, lo que es peor, “ser alguien”, como si las puntuaciones académicas y los logros estudiantiles y laborales te dieran la identidad que te corresponde a nivel social y personal. En base a semejantes premisas, no es de extrañar que muchos se lancen a la carrera de unos logros con los que conseguir poder, sea al precio que sea.

Es evidente y notorio, día a día, que el sistema no es que haga aguas por todas partes, es que ya se hunde como un Titanic por mucho que los mal llamados y creídos “poderosos” se aferren a su casco tratando de salvarlo.

Nos educan con miedo.

Siempre, desde la noche de los tiempos, el miedo ha sido el gran aliado del poder. Los padres educan con miedo, los maestros educan con miedo y el sistema se basa en ese miedo para mantener la manipulación y el dominio de los individuos.

Desde niños, tanto en casa como en la escuela y también en la calle y por todas partes, no paramos de escuchar amenazas, sermones, juicios, condenas que nos hacen creer que no tenemos ningún valor o poder. Todo cuanto nos rodea nos aprieta en ese sentido y, curiosamente, es esa presión la que nos va a enfrentar, tarde, temprano o quizás nunca (si no queremos o no podemos verlo), a sacar fuerzas de flaqueza y ser nosotros de verdad para liberarnos del maltrato social.

Pero hacen falta agallas. Fuerza. Poder interior. Y no es fácil. Por lo general se pasa mal. Te enfrentas a la oscuridad, al terror, a la soledad, a un sinfín de preguntas que aparentemente no tienen respuestas, a un vacío profundo que nada ni nadie consigue llenar.

Te educaron para que no fueras tú. Salvo excepciones, la mayoría de los seres humanos crece minado por creencias que le dominan, atemorizan y debilitan. Siempre hay alguien o algo en el entorno que está ahí para ponerte a prueba y, ante el miedo a no ser querido, aceptado, reconocido o aplaudido, vas y vendes tu alma a la multitud y te entregas al dónde va Vicente porque la gente parece tener la verdad.

La Verdad es otra cosa. La Verdad es un descubrimiento personal. Y, sin duda, bien estaría educar para que, desde niños, los seres humanos tuvieran acceso a ese portal interno que oculta el preciado misterio.

El día que lleguemos -si llegamos- a cambiar la educación del miedo por la educación del amor, el mundo empezará a cambiar…

Como decía Lao Tsé: “Un camino de mil leguas empieza por un primer paso.”.

Demos ese primer paso… Empecemos por educar a nuestros hijos, día a día, en el hogar, en la confianza del verbo amar. Remitamos sus dudas, grandes o pequeñas, a su búsqueda interior. Educar es guiar. Seamos guías, tutores, no dictadores, para que alcancen el eco de su voz interna, para que la identifiquen y la reconozcan y, sólo así, paso a paso puedan ir haciendo ese camino personal hacia su libertad.

 

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