De repente, el programa se cae. O puede que no sea tan de repente… Un proceso, interno, va calando hasta que un día o una noche o una tarde notas como si a tus lados, por delante, por detrás se cayeran, a plomo, los conocimientos, también las barricadas, y lo que creías que “eras”, y los apegos y las dependencias aunque sigas, en el fondo, apegado y dependiente porque no es fácil -yo diría que para mí es casi imposible- cortar cordones con tus hijos, con tu marido, tus seres más queridos que van prendidos a tu corazón… Pero, aún y así, percibes que algo se cae. ¡Zas! Como cortinas de una ducha que te dejan desnuda bajo el chorro de agua.

Centrarse en uno mismo, ocuparse de ese centro, no es… iba a poner “fácil” (otra vez) pero no quiero escudarme en las supuestas dificultades. Son alimañas y argumentos de la debilidad. En consecuencia, del miedo.

Hay que atreverse. Saltar hacia el vacío interno. Y quedarse en blanco. No saber… ¿Y si nada de lo programado fuera cierto? Una sarta de mentiras del sistema que se nutre del miedo para fomentar su programa.

Cuántas veces no nos hemos quedado en blanco: ante un examen, ante alguien que nos imponía o nos gustaba, ante una página… Y entonces surge la desazón, la incomodidad. El miedo. Y ese “tengo que llenar”… como sea ese espacio. Lo hacemos a diario. Tenemos nuestras jornadas a rebosar. No ya nuestras agendas, sino todos y cada uno de los minutos de nuestro día a día. Salvo dormir, nos pasamos la vida llenando espacios no sea que nos quedemos en blanco, en ese vacío, en esa nada desconocida que, cuando se presenta, nos aterra.

Nos educan en el hacer, en el tener, en el conseguir. No en el ser. Y al ser el blanco le va que ni pintado.

Así que dejaré de llenar de letras este espacio…

 

… para dejarlo en blanco.

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