Hoy llueve. Es abril. Así que las mil aguas del refranero se están dejando caer por aquí. Los días de lluvia, casi todos, son exquisitamente delicados. Al menos en el Mediterráneo. Después de intensos y poderosos días de sol, cuando amanece un día líquido algo se vuelve íntimo en el ambiente. Femenino. También lánguido como una doncella de perfil romántico y literario.

Literario es un día de lluvia. Invita a escribir -de hecho, éste me ha invitado…- o a leer en el arrullo de una manta y un té caliente mientras en el exterior llueve con poesía aunque a veces también con arte y ensayo e incluso con tempestad dramática. Pero los días de lluvia tipo londinense, afortunadamente escasos en la zona mediterránea y excesivamente abundantes en las islas británicas, cuando se producen en lugares donde luce habitualmente el sol se agradecen como una caricia. Para la tierra y para el cuerpo. Sosiegan. Paran. Aunque también encrespan a los conductores y los peatones y a las mamás que corren estirando de sus pequeños porque hoy llueve y llegan tarde al colegio.

Nunca llueve al gusto de todos… Es cierto. Porque para gustos colores, como el rojo de mis botas de niña que me permitían chapotear en los charcos con la consabida censura adulta, y en la diversidad está el gusto y a mí, hoy, me gusta que llueva aunque mañana me gustaría que el sol volviera a lucir en ese cielo azul rebosante de luz que tenemos por aquí.

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